Con toda mi admiración por Marga Clark.LA ISLA DE LOS MUERTOS

 

Con toda mi admiración por Marga Clark. 

 

 

El avión se elevaba y mi emoción crecía conforme ganaba altura y la tierra se  alejaba, enpequeñeciéndose los lugares que servían de referencia.  Yo estaba absorta en la maravilla del  vuelo.  Mi esposo sacó un libro de su maletín de mano y se dispuso a abrirlo cuando un pasajero vecino exclamó: 

 

– ¡Ah, Marga ClarK! 

 

– ¿La conoce? 

 

– ¿Qué fotógrafo no conoce a Marga? Una fotógrafa y escritora de Madrid, con una gran formación cinematográfica a la hora de trabajar la poesía y de interpretar la vida, el tiempo y, sobre todo, la muerte. La muerte es el tema que más le atrae. 

 

– Sí. Precisamente este libro recoge fotos en el cementerio de San Michele y sobre esos rostros se inspira. 

 

– Marga Clark – añade el fotógrafo –  es sobrina de una gran mujer poco conocida:  Marga Gil Röesset, joven sensible, de familia acomodada, fascinante;  se dedicaba a dibujar y esculpir, lo que no era muy corriente en su época. Estoy hablando de una mujer que murió en 1932, a temprana edad. 

 

– Desconozco por completo esa historia,- intervengo yo.

 

– Es una de tantas mujeres adelantada a su tiempo, con una amarga historia. Yo soy Javier Vila, fotógrafo del periódico “La Otra Realidad”- dijo, extendiéndonos su mano.  

 

–  ¡Oh, disculpe! Me llamo Daniel y ella es mi esposa. 

 

– ¿Recién casados? – pregunta con una sonrisa -. Yo voy al Lido, al hotel de los baños, donde se rodó el filme de Visconti “Muerte en Venecia”. Tengo una cita para entrevistar a quien interpretó al bello adolescente Tadzio: Bjorm Andresen, retirado por completo del mundo cinematográfico y totalmente olvidado. 

 

– ¡Qué interesante!- añadí.

 

– Una visita al Lido no puede faltar. Se lo aconsejo.  Anchas playas de mar turquesa. 

 

– Claro, pero antes deseamos visitar San Michele. ¿Cuál es la historia de la joven Marga Gil? 

 

– ¡Oh, sí! Marga Gil fue contratada por Juan Ramón Jiménez para realizar los bustos de él y de Zenobia. La escultora se enamoró del poeta cuando éste le doblaba la edad y al no ser correspondida acabó su corta vida suicidándose con un tiro en la cabeza. Dramático, ¿verdad? 

 

– Daniel quedó pensativo sin responder. Entre las suyas,  tomó mi mano y la apretó. 

 


II

Pisamos la isla de la muerte cuando el sol besaba el horizonte marino. Abandonamos el último vaporetto que llevaba dirección de Murano a los pies de la Chiesa di San Michele, monasterio que durante el dominio de Napoleón fue una prisión política donde cumplieron condena destacados nacionalistas.

Los pocos turistas que viajaban hacia la isla del cristal se asombraron cuando descendimos y pusimos el pie en tierra firme y atravesamos aquel enorme portón de forja de hierro oxidado; las puertas del cementerio se cerrarían y ya no saldría ningún otro barco hasta el amanecer.

Estábamos recién llegados a Venecia. Un rato antes dejamos nuestras maletas en un Hotel de la piazzale de Roma. Como toda pareja de recién casados en su luna de miel, pretendíamos una estancia romántica. Llegamos a la ciudad del amor, no por sus canales ni sus palacios, tampoco por las góndolas ni por sus carnavales, sino atraídos por los misteriosos relatos de Marga Clark y las fotografías inquietantes tomadas de los nichos del cementerio de S. Michele, recogidas en su libro Auras.

No eran las tumbas de personajes famosos como Igor Stravinsky que encontraron allí su última morada, las que nos llamaban desde el más allá sino esos rostros ya olvidados, desvanecidos por el paso del tiempo, caras descoloridas como la misma muerte. Rostros que, como bien expresa Marga en su libro, parecen gritar su etérea desaparición.

Nos adentramos en aquel laberinto de sauces, cipreses y tumbas sin ningún plano y sin más guía que los versos recogidos en el libro.

Aunque el cementerio es un lugar muy frecuentado por turistas, quizá por la amplitud del espacio o por la hora de visita, no se veía a ningún ser vivo.

Las tumbas yacían a nuestros pies, muy próximas entre sí, con pequeñas cruces y el nombre y el rostro de quien ya ni siquiera era recuerdo sino olvido.

Atravesamos las diferentes áreas de enterramiento de católicos, judíos, ortodoxos, marineros, soldados, monjas… por los largos senderos sembrados de lápidas buscando una cara conocida tan sólo por aquel libro que nos acompañaba. Esculturas de ángeles se erguían en esa tierra húmeda bañada por el mar.

Después de varios rodeos, cuando apenas la luz nos permitía distinguir la senda de las fosas, junto a uno de los muros que separaba las dos islas, S. Michele y S Cristóforo, que en el S. XIX se habían unido  rellenando el canal que las separaba, formando ese enorme camposanto, descubrimos el rostro joven y soñador de aquella mujer de piel clara y ojos negros, con su pelo recogido  bajo un sombrero oscuro, como bien describe Marga: Tu ausencia es la memoria desvelada en un  tálamo de sombras.

Nuestra primera noche de miel la pasaríamos celando aquel esbozo de sonrisa que nos era devuelta, aquella mirada intrépida que nos envolvía entre las sombras agigantadas.

Se oía el mar resonar en toda la isla como un lamento que venía de lejos. El viento aullaba entre las ramas de los árboles en sombra quebrando los tiernos tallos que brotaban con aquella próxima primavera. La redonda luna, como una lámpara de cristal de Murano, nos lanzaba su luz azul metalizado y en la hierba y las flores, la mayoría de plástico ya descolorido, resaltaba la luminiscencia de fuegos fatuos.

III 

Desde que era niña no había pisado un cementerio. Iba obligada por mi madre a visitar la tumba de mis abuelos y por las noches las pesadillas me aterraban. No era la muerte un tema que me atrajera, sino un tema tabú del que nadie hablaba.

Daniel estaba satisfecho por haber encontrado aquel nicho y aquel rostro que aún resplandecía en la bruma del cementerio.

Yo, temblorosa, buscaba el amparo de sus brazos y me sumergía en su cuerpo cuyo corazón latía en medio de tanta víscera exánime. Nos echamos sobre el musgo de la tumba, abrazados como un ovillo redondo;  él cubría protectoramente mi espalda y recitaba a mi oído como un susurro: Recuerdo el día que te perdí porque sentí la punzada profunda de la muerte…

El viento silbaba quejándose por sentirse prisionero en aquella isla. Yo permanecía con los ojos bien abiertos mientras mi amante protector cedía al sueño y cerraba sus párpados cansados.

Un fuerte estruendo me sobresaltó en medio de aquel silencio sepulcral y de aquella paz eterna. Ni siquiera esos brazos que me entrelazaban aquietaban mis temores, así que me aparté de mi amado y  me sentí hechizada por un resplandor que como un holocausto aparecía detrás de la iglesia. Una fuerza me arrastraba hacia allí y aunque poderosos eran mis miedos, mis pies me encaminaban sobre la oscura gravilla en medio de ese paisaje sombrío, lúgubre, azulado por la luna; llegué hasta el final y tropecé con una verja; no había escapatoria. Me adentré en un sector nuevo del cementerio por el que no pasamos antes, era el cementerio infantil. Un nuevo escalofrío recorrió mi cuerpo, sentía vibrar las venas de mi sien. Mi garganta estaba seca y aunque hubiera querido gritar, mi voz habría enmudecido.

Pasillos y largas galerías se abrían frente a mí con pequeños nichos que acunaban los huesos de multitud de niños cuyas muertes habrían causado tanto dolor y desesperanza.

Volví a oír aquel sonido estremecedor que hizo temblar la isla entera. Atónita,  presencié como una estatua de mármol blanco tomaba vida entre tanta muerte. Un niño de unos cinco o seis años corría bajo las estrellas, pálido y helado como la nieve, envuelto en vaporoso hilo pajizo y desgastado; proyectando sus brazos hacia mi cuello quería colgarse  de mí. El miedo me paralizó por completo y sentí su frío abrazo en mi cuerpo sudoroso y petrificado. Pronunciaba algunas palabras en italiano con su vocecita infantil sin que yo pudiese entenderle. Sentí que estaba tan asustado como yo y que reclamaba mis caricias sobre las ondas de su pelo.

Tanto niño enterrado, tanto porvenir malogrado. ¡Qué injusto el plan divino! Sentí tanto consuelo por ese niño o fantasma o lo que fuera que, necesitado de calor y de afecto,  me había llamado. Sus ojos estaban habitados por una indescriptible tristeza que desató en mí todo mi instinto maternal. Cogí su amarmolada mano y seguí sus pasos hasta una fosa abierta y profunda; no podía apreciarse el fondo bajo la sombra de la cruz de la ermita de SCristóforo; cruz que se dibujaba alargada bajo el resplandor lunar.

Tan asustada me sentía que clavé las uñas en las palmas de mis manos al contraer los puños, incluso me mordí la lengua.  Sentí el dolor; todo era real.

Un sonido extraño provenía de aquel pozo, una canción de nana cuya letra no entendía. El niño seguía tirando de mi brazo y me arrastraba. Yo me resistía a sus embates aún medio hechizada pero hincándome en la tierra, evitando aquel abismo que tenía ante mí.

Una gran multitud de niños de distintas edades, llegaba a mí desde todos los puntos cardinales, hinchados por un gas devastador, con el pelo aún en crecimiento y con las mortajas que cubrían sus rostros, descompuestas por las bacterias de la peste, revoloteando como cormoranes oscuros,  me rodeaba. Un penetrante olor a azufre me asfixiaba . Todos esos niños huían de un ser extraño que pretendía morder sus desgastados sudarios, un esqueleto de mujer con largos incisivos macilentos. Aterrados pretendían encontrar a su madre perdida. Gritaban: ¡mamá!

Un traspié y me sentí derribar; sin estabilidad me vine abajo. El vértigo me hizo desvanecer; perdí la conciencia. No recuerdo nada más.

IV

Una luz rosada iba derramándose sobre el cielo igual que un perfume se derrama de su frasco.

Oí la voz de mi marido que, sonriendo, me sostenía y señalaba aquel hoyo que aguardaba su ataúd.

–       ¿Te has entretenido excavando esta noche?- dijo.

Miré mis manos manchadas de barro; mis uñas, pintadas de esmalte rojo se habían quebrado. Me había torcido un tobillo y lo tenía un poco hinchado. La luna se ocultaba por encima de los  campaniles de Venecia mientras el sol iba apareciendo por levante.

Como a la mayoría de las preguntas a las que no tenía una respuesta, la dejé sin responder.

Él me dejó su pañuelo y me sujeté el tobillo. Las gaviotas empezaban a graznar y otros pájaros abandonaban sus nidos.

Habíamos pasado nuestra primera noche de bodas en la isla de la muerte.

Cogida de su cintura fuimos en busca de la puerta de salida. En una pequeña fuente me lavé las manos y la cara para despejar un poco mi mente e intentar analizar la experiencia vivida aquella noche. A unos pocas millas se alzaban Venecia y el Lido. Pronto llegaría el primer vaporetto procedente de Murano.

Yo, que siempre había sido tan incrédula, no podría explicarme qué ocurrió aquella noche. En mi brazo estaban las señales de mis uñas, por tanto no fue un sueño. Como pude, con mi tobillo torcido, resistiéndome al dolor, eché a correr de nuevo hacia la zona de nichos infantiles y me coloqué frente a la estatua de aquel niño. Ví deslizarse una lágrima de sus ojos o quizá era una gota de rocío. Sentí tanta ternura por aquel niño y tan abatida que, compadecida por su agonía,  abracé el mármol.

Realmente, ¿Hay vida más allá de esta vida?

A mi lado, mi compañero de viaje continuaba con la lectura: No sé hablar de la muerte, ni de los amargos pájaros que acompañan tu cansado vuelo…


Nota: Las palabras en cursiva son citas textuales de AURAS de Marga Clark.

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Acerca de irel Faustina Bermejo

MIEMBRO FUNDADOR DE LA REVISTA LITERARIA MOLÍNEA Y DE TEATRO NUEVA ERA DE MURCIA. SOCIA DE ARTISTAS INDEPENDIENTES Y DE ARTV
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