EL FARO DEL ESTE, ANTOLOGÍA

INTERVIENEN ENTRE OTROS:Santiago Tobar,  Rumorvisual

Irel Faustina Bermejo, Universidad de Murcia
Pedro Vera,
Isabel M. A. Martínez,
Noelia Illán Conesa,
Antonio García Conesa
Charo Guarino Ortega, Universidad de Murcia

Prólogo de José Luis Martínez Valero El azar o la amistad han reunido en esta plaza de la poesía doce mujeres y diez hombres. La foto en la que posan, fecha de nacimiento y lugar, es toda la información que el lector tiene. Se trata de una antología de intemperie, en la que han sido suprimidos esos datos, poética, publicaciones, maestros, que predisponen. El lector ha de leer sus poemas, si quiere conocerlos, pues son lo que dicen. No corresponde al presentador desvelar quién es cada uno de ellos, aunque, naturalmente, cada lector tiene sus lecturas y puede que alguno le sea ya conocido, sepa de sus premios, de sus libros, profesión y aficiones. Hablaré de lo que he visto. Las edades están entre los sesenta y veinticinco años, lo que anticipa una diversidad en su concepción del mundo, en el contexto vivido y en la experiencia. Todo ello deriva, como consecuencia, en una manera de abordar el hecho poético que, como podréis comprobar, es diferente. La poesía es sin duda lo que buscan todos, el encuentro con ella es de lo que trata este libro. El lector se dispone a recorrer un paisaje en el que hallará que la palabra adopta mil formas, ya que define, cuenta, exalta, maldice, provoca, rompe con lo establecido. A veces es oscura, sin que el poeta pueda evitarlo; otras, es el resto salobre que la espuma de la ola deja en los acantilados. Hay palabras de amor y también de desengaño, el amor a veces se muestra como exaltación física, mística corporal que sacia, y no se conforma con la mera repetición. El poema puede ser un estanque, también lago o río, a veces isla, casa y puerta, lugares que reconocemos. Otras, nos encontramos perdidos, como si anduviésemos por un paraje desconocido. Puede ocurrir que el lugar en el que creíamos estar seguros, sufra una sacudida tan fuerte que parece que todo se va a desmoronar. Porque, el trabajo del poeta, consiste en liberar la palabra del uso, experimentar, desvelar lo que late bajo su aparente significado. Por tanto que nadie se alarme, si irreverente, blasfematorio, el poeta coloca ante sus ojos, escenas, cuestiones que no le parecen correctas, tiene la obligación de recuperar su etimología y para ello a veces clama en su particular desierto y levanta arenas, hace oír a los sordos, desautomatiza esta lengua nuestra que tiende a la conversión en fósil. El poeta se sacude una moral regularizada y no siempre es grito, sino que a menudo se sirve de la ironía, sarcasmo, humor, porque sabe que no tiene la solución, que, un poema, aunque se dispensase por orden facultativa, no resuelve o sana por voluntad del autor, sino que, en suma, está bien o mal hecho, aunque puede que produzca efectos colaterales, de los que no siempre el poeta es responsable. Sabe quien escribe que, todo juego de palabras, puede ser peligroso, porque las palabras las carga el diablo, o lo que es lo mismo, no se las lleva el viento y pueden herir al mismo que las emite, pero ha de asumir riesgos, por eso a veces dice contra sí, porque le toca ser el chivo expiatorio. Aquí, el lector encontrará poetas que sospechan de lo cotidiano, denuncian el encanallamiento de esta sociedad, ceguera que hace invisible tanta realidad. Otros, celebran un singular carpe diem, tras descubrir la vida como irrealidad. Claro que, también hay quien reconoce lo extraordinario y convive con aquello que se dio en llamar realismo mágico: la existencia posible de otro mundo al borde de este mundo, o fusión con un universo que consideran habitable. El verso, ese camino de ida y vuelta, que gira, como espiral que pretende la altura, a menudo versa sobre sí mismo, entonces, el lector, encontrará ese espacio, donde el poeta reflexiona sobre el arte del poema. A poco que nos asomemos a la plaza, oiremos versos muy variados. Los hay de arte menor, desde dos sílabas, como si quien los hace quisiera exprimir la quintaesencia de su palabra. Encontraréis esas casi silvas de once y siete en las que parece que rota la monotonía, el poeta quisiera encontrar en el hueco de la página algo que sin duda debe estar ahí. Observaréis que el alejandrino, aquel remanso monacal románico, que tanto gustaba a Machado, sigue ahí. Pocos lo rebasan y llegan a las dieciséis o veinte sílabas. A veces, tímido, reconocemos algún soneto. Predominan los versos impares como si se persiguiese el instrumento idóneo para exponer esa asimetría, esas desigualdades que descubrimos como realidad. Esta plaza, lector, no esta vacía, veréis que se forman corros alrededor de los poetas, cada uno de ellos tiene un pequeño grupo que lo cerca, entre todos componen este canto coral que suena en la antología, quizá escucharéis más voces del Sureste, pero no os engañéis, el poeta, aunque nace en un lugar, se hace en su lengua y, ésta, no tiene fronteras.

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Acerca de irel Faustina Bermejo

MIEMBRO FUNDADOR DE LA REVISTA LITERARIA MOLÍNEA Y DE TEATRO NUEVA ERA DE MURCIA. SOCIA DE ARTISTAS INDEPENDIENTES Y DE ARTV
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2 respuestas a EL FARO DEL ESTE, ANTOLOGÍA

  1. Antonio Palazón Cascales dijo:

    ME GUSTA

  2. Antonio Palazón Cascales dijo:

    Tiempo al tiempo, a ver si consigo acompañaros…

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